martes, 4 de agosto de 2009

Porque me hablo de ti

Somos humanos y, lejos de lo que otros argumentos nos sugieran, nuestra visión del mundo es muy limitada. Podemos intentar captar lo que no vemos, suponer lo que no hemos vivido leyendo en las señas que los acontecimientos dejan atrás. Negarnos a aceptar lo que nos ocurre, tergiversando la memoria hablando de una impresión y viéndola reforzada cuando la persona a la que se lo hemos contado la da por buena y la avala con su opinión. Lejos de esas escenas de frivolidad se encuentra la comunicación verdadera entre personas. Cuando, por ejemplo, pensamos en aquel amigo y en las actividades que se tienen pendientes, sin saber el porqué sabemos que la otra persona lo ha debido pensar, a lo que nos anteponemos obligándonos a no mencionarlo. De tantas vueltas que le hemos dado a eso en lo que coincidíamos ya no sabemos dónde empezó y no podemos descubrirlo porque evitamos el tema. El valor de la comunicación directa, sin repensar y arrastrándonos en la ola de ideas, no estancándonos en los conceptos escritos. Es una conversación oral la que devuelve todos esos significados perdidos en el miedo. Porque dos personas cercanas no pueden pensar de forma discordante; y aunque su construcción de la situación y sus miedos se mezclen de modos distintos jamás podrán traicionarse demasiado.