viernes, 4 de junio de 2010
Crónicas blasfemas
Bellbragard, la capital del Imperio Agato. Se decía que tenía el puerto más inverosímil que jamás había existido en el mundo. Durante la travesía había oido una y otra vez que la llamaban "La Ciudad de las Cabezas Voladas".
En cada puerto que atracábamos veía a la gente que había oido mi historia alejarse lentamente con sus ojos fijos hasta dejar de verme, a no más de diez pasos de mí. Siempre me habían mirado, pero nunca me habían mirado. Las primeras veces que lo noté quería gritar que mi viaje sería más largo que el suyo, incapacitado por la presión en el pecho. Aguantaba la respiración y me daba media vuelta. Pues si de algo quería sentir seguridad, de dos preocupaciones que tenía, era de que aquella nave me fuera a llevar a mi puerto.
En unas veintiseis horas. Veinticinco horas, dieciseis minutos y, segundos, veinticu-... Dos. Según mi plan de mierda ese era el tiempo que me quedaba para conseguir un medio de transporte antes de entrar en Atmósfera Búa. Un sitter, un chetter; ya me conformaba hasta con un pavo, con tal de que supiera aletear. Menuda nave, de cobardes era de lo que estaba a reventar. Cobardes con mochila, cobardes de traje, cobardes con vestidos, con uniformes. Estoy viendo pilotos que se comen con los ojos hasta las balizas de prevención y que son unos ex-pilotos por ello. Quiero decir: cobardes.
Lo curioso de la cobardía era su cambio de olor. Hace tres semanas olía a mujer chapoteando cuando pronunciaba la palabra "volar" ¿Ayer? Ayer olía a mierda de niño rico enfrentándose a la realidad. Hoy olió a pólvora a quemarropa.
Hacía un millón de años que no veía a Myte y su voz aun seguía incrustada entre mis neuronas. Su sonrisa al salir del quirófano, casi inconsciente. Regocijándose al saber que ya no tenía que temer al cielo, tumbada sobre su espalda en una superficie tan lisa y dura que el dolor de aquella postura experimentada por primera vez le resultaba complaciente. Se torneaba con esa felicidad en mis pesadillas cuando sentía sus cicatrices desnudas.
Me volví a despertar con su voz. Sabía que amanecería pronto. Por última vez en mi vida, deseé, me haría ver otro amanecer esa pesadilla. "Nadie quiere volar, imbécil". No lo iba a hacer por la verdad, no lo iba a hacer por mi linaje, no lo iba a hacer por el destino ni por nada ni por nadie. O por Myte o para mí. Y no iba a poner una excusa cobarde. Ocurriría por mi mano y yo lo iba a sentir.
Salí del camarote arrastrando miradas a mi paso por los corredores, subí pisos de escaleras imbuído por la convección de energía con que aquellas personas intentaban constreñirme y anular mis pasos. Pero, cobardes, temían más mover un dedo por el mañana que implorarme por su ahora.
La escotilla de popa estaba allí ya, abierta por y para mí. Nunca estuvo cerrada porque jamás existió. Que sería usada por última vez para parir una nueva era.
Les estoy prometiendo más libertad y más terror del que se puede pedir en un pozo de los deseos.
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Ficción,
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Notas de un Bypass
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