La sangre sobre la nieve es más roja. Metiendo sus dedos afilados en las hoquedades, una y otra vez. Uñas recortadas a dos milímetros, las manos cubiertas de cayos hasta las muñecas. Unas garras que desprendían tal hedor a carroña y eran tan negras que tan sólo en momentos como aquel, lavadas en sangre helada, podían imaginarse pertenecientes a aquel señor. El Cirujano era un hombre espigado, risueño y siempre educado a la mesa.