lunes, 16 de febrero de 2009
Historias 2: Erasmo en Yetilandia [v 3.5]
La miraba al volver.
-Señorita ¿sabe decir lameculos? - Le susurró sin levantar la vista del libro, poniendo voz de tonto. Luego miró al libro de ella. - Y, Uchi, no le digas esas cosas que va a ponerse burrote.
-Shh -No estaba de humor.
-Este libro es un petardo victoriano. Así se lo metiera por el c-
-Shhh. - Insistió. Mientras, intentaba seguir la lectura.
-Mira eso: "A nuestro Padre, a mi querida mujer y niñas; y a mis alumnos." - Leyó Erasmo en la dedicatoria del libro, preocupándose de que el Yeti no se diera cuenta. - Si también odia a su familia.
Recibió un codazo; aunque esta vez Graciela, cuanto menos, sonreía. Se iba a girar para contarle la coña al de detrás. Es que lo había clavado, Don José Manuel lo merecía.
-¡Erasmo! Deje ya de interrumpir. Seguirá la clase desde el pasillo.
Se levantó, remoloneó. Avanzaba con parsimonia. Oía a sus espaldas cómo más de uno se reía y a alguien hacer comentarios jocosos, "de carpón, chaval, que pardillo".
-Con el libro.
Tuvo que darse la vuelta. Se volvía con las mismas prisas, para acabar encontrándose a Graciela sonriéndole con una expresión de "ya te lo dije" que no acababa de cuajar.
-Si en menos de treinta segundos no has salido por esa puerta toda la clase se quedará a recuperar media hora más, ¿me has entendido? - El descontento generalizado se percibió de inmediato. Era la última hora, quedaban diez minutos escasos de clase y no les quedaban fuerzas o ganas para soportar al Yeti ni el tiempo obligatorio.
Erasmo se cambió el libro a la mano izquierda, "por la ventana". Nah, no le convencía, e instintivamente cambió de postura y lo arrojó a la papelera. Hasta nunca.
-Recoja el libro y salga al pasillo ¡ahora mismo! - Veía incrédulo cómo su alumno se iba a ir del aula, impávido, sin hacerle el menor caso. Abría la puerta. - ¡He dicho que recojas mi libro!
-Te lo quedas. - Miró con asco a la papelera, "donde debe estar" pensaba; y cerró la puerta tras salir.
Don José Manuel resoplaba, no podía creerselo, la cara ardiendo de furia, se levantó y salió del aula dando un portazo y gritando. Los otros alumnos se quedaron quietos, en sus sitios, mirándose. - ¡¿Quién te crees que eres para tirar mi libro delante de un profesor?! - Al poco tiempo los gritos del pasillo se oían lejanos, fundiéndose con el ruido habitual. Y a pesar de eso en la clase aún respiraban un aire tenso. Pero según pasaban los minutos y se acercaba la hora de irse se pusieron a guardar las cosas en la mochila, una vez sonase el timbre se largarían y no podrían ponerles toneladas de deberes para el fin de semana. Solo les quedaba la preocupación de que Graciela no se quedara en la clase a esperar al profesor.
Ya iban más de diez minutos desde el timbre. Por la puerta del instituto se veía a Erasmo salir con las manos en los bolsillos, mirando hacia donde esperaban sus amigos.
-¿Ya estabas haciendo manitas con Graciela? ¿Te querías quedar hasta el lunes o qué?
-El Jamu, que estaba dando por culo. - Interrupió. Hablaba fuerte, fastidiado. Al entrar en clase no había encontrado su mochila y nadie sabía quién se la había llevado. Por no mencionar que Don José Manuel le había estado acosando y gritando por lo menos media hora; y que estaba hasta las narices de que le emparejaran con Graciela.
-¿El de los gritos a última?
-¿Ese qué da?
-El Yeti, que no te enteras Paquete.
-Chilla como un puto cerdo el
-Hostia, es cierto. - Ni se enteró del insulto.
-¿Y para cuánto te echan?
-La directora no estaba. La subdirectora tenía hambre y le ha mandado a tomar por culo. - Ninguno caía. Intervino antes de que los demás empezasen con sus chorradas. - De ésta me he librado. - Ahora sí empezó a recibir las palmadas en la espalda y los vítores.
-Pues toma, petaculos. - Graciela dejó caer la mochila de Erasmo según pasaba.
-¡Eh!, que no te he hecho nada. - Si verse llamado "petaculos" sonaba del todo antinatural, más aún viniendo de Graciela.
-Pues dame las gracias pinchamonas.
-Niquelada tío, lo ha clavado. - Graciela se dio la vuelta riéndose. El que lo había dicho también y sonreía al sonrojarse. Un tercero se mezcló al ver que la chica ya estaba lejos, apoyándose en Erasmo.
-Amos, tío, tíratela en la fiesta o me la tiro yo. - La inminente lluvia de collejas le sacó del centro del grupo.
-No os lo había dicho antes pero Graciela antes era un tío.
-¿Qué? Pero si parece una tía completamente. - La idea le ofendía. A él sí le llovieron collejas.
-Fran, tu madre nos dijo que no te lo contáramos. Lo siento, tu abuela Paca murió ayer.
-¡¿Qué?! - La sorpresa le fulminó pero las risas le devolvieron a la realidad. - Gilipollas, si mi abuela no se llama Paca. Y es de mal gusto, joder.
-Fran, tío. - Intervino Erasmo, poniéndole una mano en el hombro.
-¿Eh? - El tono de Amos le había dejado desprevenido.
-Nunca has pillado el chiste del gato.
-¡Ah, hijo de puta! ¡Suelta cabrón! ¡Mi cabeza!
-Bueno chavales, con esto y un bizcocho...
-Te den a ti. - Se le adelantó más de uno. - ¡En el Averno!
-No hombre, con esto y un bizcocho... - Pensaba mientras se alejaba. - Ojalá la comida esté lista. Aunque sean judías verdes. Que mierda de día. - Cuando miró hacia atrás vio a sus amigos dispersados, cada uno yendo en su dirección.
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