viernes, 9 de enero de 2009

El efecto de la esperanza

Sonará extraño decir que en los momentos de lucidez cuando estás enfermo, por una gripe sin ir más lejos, es cuando uno puede darse cuenta de esas cosas que nunca alcanza a apreciar tal como son. Procuro pensar a menudo, tanto como mis dudas y mi tiempo me permiten; y sin embargo siempre dependo de los límites que me impongo, me vuelvo demasiado consciente de esos límites. A veces llego al punto de crear unos límites que crean límites, que imponen límites como primera respuesta, incluso antes de empezar a pensar en nada. Por supuesto, esta práctica no me lleva nunca a nada a menos que lo que intente sea analizar. Pero aún así, siguiendo ese modo de pensar se me escapan tantas cosas (en un desliz casi me bebo el azucarero). Pensar así no suele resultar demasiado emocionante; y hablo de pensar para uno mismo, hablando mentalmente para uno mismo y sin llegar a expresar nada que vaya más allá que sonreír sin que nadie se entere. Y con estas cosas acabo perdiendo el hilo de pensamiento inicial. Escribiendo las cosas que se me ocurren también pierdo ese hilo. Releo y recuerdo constantemente lo que quería poner, sigo sin saber cómo lo haré ya que no estoy personalmente familiarizado con la idea que he tenido. Más aún, tengo que pensar en qué palabras escoger si quiero entenderme yo mismo. Malo será si no me entiendo ni yo. Y tengo que resumir y compactar mis pensamientos a sabiendas de que siempre habrá algo que se escape de entre las palabras escritas y de la complicidad con el lector. Con todos esos contras en mente no tengo intención de rendirme, la mayoría son fantasmas o ideas que limitan mis límites, muchos de los cuales se resuelven solos a medida que se avanza. Entonces intentas recordarlos y ya no están, como no están izquierdo, centro y derecho. Los desvaríos febriles desaparecen cuando desaparece la fiebre a pesar de que quede la noción de haberse encontrado con ellos. Yo sé que cuando me desperté anoche a las 00:32 am., sin rastro de fiebre, había salvado el mundo y también sé cómo pero no lo diré si me preguntáis. Por eso, la magia de saber pero no saber, cuando no entraña riesgo, conocer las verdades como parte de las mentiras. Incitar a otros a apreciar lo que uno ve incitando también que ellos te inciten a lo mismo. Probar a no creer tener razón, esperar que alguien sepa acabarte alguna frase tal como lo habrías hecho tú mismo. No pensar que la vida nos llega empaquetada, precintada y solo en un formato de reproducción. Yo sé que olvidaré los delirios, no será lo único que olvide en mis días, igual que alguna vez pensaré que no tengo más salidas que las que se me presentan evidentes; y esto querré obviarlo antes de poder olvidarlo. Quería haber empezado diciendo y no sé cómo decir que las situaciones pasajeras siempre nos acompañan. Hagamos y vayamos, lo que sea. Deben ser tan importantes como todas las demás. Probar a no poner final a las oraciones acabadas. Pensar al contrario de lo que la lógica personal dicta, así se pasan por alto menos cosas, la vida se vuelve más entretenida.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La vida al revés! XD

Eh, que para acabar de pasar la enfermedad terminal esta la verdad es que tienes las ideas bastante claras, aunque de este texto no sabría hacerte una crítica porque llevo todo el día en el ordenador y ya sabes que se me va ablandando el cerebro xD Pero no está mal, nada mal ^^

Hay una cosa que me ha inquietado: tú has salvado al mundo?

No lo ibas a conquistar?

No tendré mi continente? T_T


XDDDD

Eduardo dijo...

Delirios, ya sabes. El día que lo haga de verdad no tendré ni que contártelo.