jueves, 30 de abril de 2009
Extrañas vergüencillas
-¿Una sonrisa mordaz?¿Cómo se come?
-Con besos húmedos.
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miércoles, 22 de abril de 2009
Llenando líneas
Tenía casi cubierta de líneas la hoja de su dibujo. Mientras sus compañeros completaban la hoja dibujando líneas una inmediatamente después de la otra siguiendo las marcas, ella situaba la regla y tiraba la línea sin seguir orden alguno.
Marcas cada dos milímetros en la horizontal. Y cuando terminasen les tocaría completar otra hoja de líneas perpendiculares a los bordes. Y después de aquella hoja les esperaban otras tantas con más ejercicios para aprender a usar apropiadamente la escuadra y el cartabón.
Cada recta era más absurda que la anterior. Las dibujase en orden o no el absurdo de la tarea empezaba a marearle. El raro entretenimiento del salto de marca veía su fin en una única posibilidad, la penúltima en dos, la anterior en tres. Y si quedaban junto a otras se vestían de orden. Las demás eran una mera cuestión de tiempo.
A cada tantas líneas soltaba las reglas y el lapicero y flexionaba los dedos para desentumecerlos. Se estiraba con el respaldo de la silla para relajar los hombros. Y de nuevo a adoptar la postura de tirar líneas.
No estaba soñando, no era una pesadilla de la que pudiera despertarse y ya. Escuchaba música con la mente en blanco mientras tiraba líneas. La mecánica de la tarea se le grababa en los músculos. Un ejercicio paulatino, simplificado e inmediato y no necesitaba pensar en el orden en que proceder. Su tarea era la de rellenar el hueco, como todos los demás.
sábado, 18 de abril de 2009
La caballerosidad ha muerto
En uno de mis largos momentos de actividad en la nada he venido a encontrarme un párrafo en un libro que ha despertado mi interés. El párrafo en cuestión es el que sigue, transcrito tal cual, extraído del propio libro.
"Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer."
En contexto viene referido a un hombre que busca alojamiento en un hotel parisino, tanto para él como para su mujer. Es el segundo intento de encontrar habitaciones en los pisos bajos del hotel, el hombre padece de alguna afección "nerviosa" que yo entiendo como vértigo o algo similar, se ve de nuevo subiendo escaleras hasta un tercer o cuarto piso siguiendo a la dueña del establecimiento. En el primer hotel había soportado la subida de mala manera y había pedido direcciones a ese segundo hotel. En este, tras sufrir por su discreción la vez anterior, se plantea hasta qué punto debería aguantar la escalada sabiendo que allí no iba a encontrar lo que buscaba. Pasado el segundo piso le resultaba más que obvio.
Por discreción, también la segunda vez; y por amabilidad accede a llegar hasta la habitación que le ofrecen. Sólo para hacer acto de presencia y pedir direcciones para otro hotel, el tercero que no el último, cuando a medio camino ya sabía que debía haberse negado (cosa que explica y no he tenido a bien copiar). Su mujer, consciente del estado de su marido, le "rescata" una vez ve que su marido ya no es capaz de seguir haciendo de tripas corazón. Se lleva a sí mismo al extremo por amabilidad hacia una desconocida haciéndole depender aún más de la amabilidad de su mujer. Sin embargo no es de ahí de donde dimana mi interés.
La caballerosidad se perfila en el hacer, conceder y restringirse por no saber responder a una situación activamente; con la mejor de las intenciones. Ya no es época de sentirse caballero y acoger restricciones imaginadas. A ninguna mujer se le debe una amabilidad que la coharte.
martes, 14 de abril de 2009
La obediencia es para los niños
Creo que no es una de esas cosas que se tienen a diario, de ahí que le esté dando esta importancia. Hoy he tenido una experiencia religiosa, por un motivo oscuro (y para que nadie piense añadiré que no ha acabado con llamas).
Hacía tiempo que no pisaba una "casa de dIOS": edificio a rebosar y personaje dando el sermón desde el púlpito. La historia va como sigue, más o menos. El llegar tarde pero menos tarde que la gente que llenaba las hileras de bancos resulta irrelevante, así que me conformo con aclarar de antemano que había mucha gente. Devotos, por así llamarles, luego estaba yo y alguno más habría de la calaña.
Estaba de pie al empezar aquello, justo al lado de la puerta, y del mismo modo al terminar. He prestado atención al hombrecillo aquel que encaraba a todo el mundo en la medida en que la incomodidad de estar en pie me ha permitido -esta juventud sin vigor, ya- y a cada minuto que pasaba la sensación que tenía iba volviéndose más extraña. Pensaba que recordaba que todo el sermón y las lecturas tenían su sentido y que por eso la gente "cree", o al menos es el impulso que les mantiene unidos. Se reúnen en la Iglesia a que un personaje de... no sé qué palabra inventar para calificarles, rango no es. Conocimientos tampoco, ni carisma, ni dotados de otra cosa que un traje cutre. Pongamos "cierto estatus", por respetar su aire de importancia y sabiduría -de necios-. Pues estaba yo escuchando el sermón y las lecturas que hacía el espécimen al que me refiero, cura para los ortodoxos, cuando todas las impresiones que aún recordaba han ido desvaneciéndose una a una. Escuchaba cómo los parroquianos hacían su parte murmurando parrafadas y no cejaba en mi asombro por más que lo veía repetirse. Fascina ver a tantas personas murmurar las mismas palabras casi al unísono sin la dirección de nadie. Y escuchando he encontrado que no le encontraba sentido a lo que decían, algo que en su tiempo también yo murmuré alguna vez. Me siento plenamente consciente de nada. Podría intentar comprenderlo como costumbre perdida, como el reflejo de ver lo que yo digo dicho por otras muchas personas a la vez y que parece que le da una textura "realista", o como búsqueda del factor de la elegancia de lo que siempre es igual pero nunca cansa.
Lo que me ha llevado a cierta cuestión: ¿Las impresiones expiran por fecha de caducidad o porque acaban siendo insostenibles?
sábado, 4 de abril de 2009
Historias 2: Erasmo en Yetilandia (definitivo)
La miró al volver.
-Señorita ¿sabe decir lameculos? - Susurró a su lado, sin levantar la vista del libro. Luego miró al libro de ella. - Y, Uchi, no le digas esas cosas que se va a poner burrote.
-Shh - No estaba de humor.
-Este libro es un petardo victoriano. Así se lo metiera por el c-
-Shhh. - Persistió. Mientras, intentaba seguir la lectura.
-Mira esto: "A nuestro Padre, a mi querida mujer y niñas; y a mis alumnos." - Leyó Erasmo en la dedicatoria del libro, preocupándose de que el Yeti no se diera cuenta. - Si también odia a su familia.
Recibió un codazo; aunque esta vez Graciela, cuanto menos, sonreía. Se giró para contarle la coña al de detrás. Es que lo había clavado, Don José Manuel lo merecía.
-¡Erasmo! Deje ya de interrumpir. Va a seguir la clase desde el pasillo.
Se levantó, moviéndose con parsimonia. Oía a sus espaldas cómo más de uno se reía y a alguien hacer comentarios jocosos, "de carpón, chaval, que pardillo".
-Con el libro. - Recalcó el profesor.
Tuvo que volverse, con las mismas prisas; para acabar encontrándose a Graciela sonriéndole con una expresión de "ya te lo dije" que no acababa de cuajar. Por aquella sonrisilla.
-Si en menos de treinta segundos no has salido por esa puerta toda la clase se quedará a recuperar media hora más, ¿me has entendido? - El descontento generalizado se percibió de inmediato. Era la última hora, quedaban diez minutos escasos de clase y no les quedaban fuerzas o ganas para soportar al Yeti ni el tiempo obligatorio. Sobre todo por cuestión de ganas.
Erasmo se cambió el libro para lanzar con la zurda, "por la ventana". Nah, no le convencía. Se iba a ir, y al pasar al lado de la papelera lo dejó caer dentro.
-Recoja el libro y salga al pasillo ¡ahora mismo! - Veía incrédulo cómo su alumno se iba a ir del aula, impávido, sin hacerle el menor caso. Abría la puerta. - ¡He dicho que recojas mi libro!
-Te lo quedas. - Miró con asco a la papelera, "donde debe estar" pensaba; y cerró la puerta tras salir.
Don José Manuel resoplaba, no podía creerselo, la cara ardiendo de furia, salió del aula dando un portazo y gritando. Los otros alumnos se quedaron quietos, en sus sitios, mirándose. -¡¿Quién te crees que eres para tirar mi libro delante de un profesor?! - Al poco tiempo los gritos del pasillo se oían lejanos, fundiéndose con el ruido habitual. Y a pesar de eso en la clase aún respiraban un aire tenso. Pero según pasaban los minutos y se acercaba la hora de irse se pusieron a guardar las cosas en las mochilas, una vez sonase el timbre se largarían y no podrían ponerles toneladas de deberes para el fin de semana. Unos minutos más y ni Graciela se preocuparía por haberse ido sin que hubiera regresado el profesor.
Ya iban más de diez minutos desde el timbre. Se veía a Erasmo saliendo por la puerta del instituto con las manos en los bolsillos. Buscando con la mirada a sus amigos, que le estaban esperando.
-¿Ya estabas haciendo manitas con Graciela? ¿Te querías quedar hasta el lunes o qué?
-El Jamu, que estaba dando por culo. - Interrupió. Hablaba fuerte, fastidiado. Al entrar en clase no había encontrado su mochila y nadie sabía quién se la había llevado. Por no mencionar que Don José Manuel le había estado acosando y gritando por lo menos media hora; y que estaba hasta las narices de que le emparejaran con Graciela.
-¿El de los gritos a última?
-¿Ese qué da?
-El Yeti, que no te enteras Paquete.
-Chilla como un puto cerdo el...
-Hostia, es cierto. - Ni se enteró del insulto.
-¿Y para cuánto te echan?
-La directora no estaba. La subdirectora tenía hambre y le ha mandado a tomar por culo. - Ninguno caía. Intervino antes de que los demás empezasen con sus chorradas. - Que no me echan, me he librado. - Ahora sí empezó a recibir las palmadas en la espalda y los vítores.
-Pues toma, petaculos. - Graciela dejó caer la mochila de Erasmo según pasaba.
-¡Eh!, que no te he hecho nada. - Si verse llamado "petaculos" sonaba del todo antinatural, más aún viniendo de Graciela.
-Pues dame las gracias pinchamonas.
-Niquelada tío, lo ha clavado. - Graciela se giró, riéndose. El que lo había dicho también; y sonreía al sonrojarse. Un tercero se mezcló al ver que la chica ya estaba lejos, apoyándose en Erasmo.
-Amos, tío, tíratela en la fiesta o me la tiro yo. - La inminente lluvia de collejas le sacó del centro del grupo.
-No os lo había dicho antes pero Graciela antes era un tío.
-¿Qué? Pero si parece una tía completamente. - La idea le ofendía. A él sí le llovieron collejas.
-Fran, tu madre nos dijo que no te lo contáramos. Lo siento, tu abuela Paca murió ayer.
-¡¿Qué?! - La sorpresa le fulminó pero las risas le devolvieron a la realidad. - Gilipollas, en mi familia no hay Pacas. Y es de mal gusto, joder.
-Fran, tío. - Intervino Erasmo, apoyándose en su hombro.
-¿Eh? - El tono de Amos le había dejado desprevenido.
-Nunca has pillado el chiste del gato.
-¡Ah, hijo de puta! ¡Sueltame cabrón! ¡Mi cabeza!
-Bueno chavales, con esto y un bizcocho...
-Te den a ti. - Se le adelantó más de uno. - ¡En el Averno!
-No hombre, con esto y un bizcocho... - Pensaba mientras se alejaba. - Ojalá la comida esté lista. Aunque sean judías verdes. Que mierda de día. - Cuando miró hacia atrás vio a sus amigos dispersados, cada uno yendo en su dirección. - Que no sea verdura, por favor.
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Drácula
-¡Estás cavando tu propia tumba! Te acabas de burlar de toda una sala de periodistas por no responder con sí o no. Ya te avisé que si no les caías bien a la primera te iban a crucificar, y mira lo que haces ¿Qué intentas ahora? - Le miró fulminantemente.
-Adormécete en el constante sinsentido en el que te juegas la piel, y calla.
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