viernes, 30 de enero de 2009
De aquí y halló. Gas.
Los exámenes me están matando vivo, valga la redundancia. La incertidumbre de no saber qué as se van a sacar los profesores de la manga al poner las preguntas, qué justificación van a usar para colar una pregunta casi indescifrable en una batería de ítems, que así los llaman. Psicólogos; o cabrones sociópatas rascamuelles y demás calificaciones hematofonéticas, ya sabe usted a qué me refiero. Por falta de inventiva mediocre no será, que estudiando le insuflan a uno conocimientos vaporosos por un tubo.
Quiero vacaciones, volver a vivir sin medias incertidumbres y recuperar la capacidad de maldecir con solidez. De hecho con recuperar la solidez de estómago mental y perder la hinchazón me doy con un canto en el cráneo, desde fuera. O yo qué sé, podría decir que con tener tiempo suficiente para asimilar todo lo que veo últimamente -años, jajaja- me daría por satisfecho.
Si es que, volviendo a lo de antes, tengo a las neuronas soplando todo el día. No seré tan maleducado de decir por dónde, que estoy a la mesa y entre mis propósitos está el reformarme. No sé si tú -o vosotros- sí pero yo no quiero saber cómo. En la mesa se me mezcla todo, si tengo los libros una cosa y si tengo esto pues otra y al final acabo de metáforas hasta el culo y escribiendo por ende. Sin dotar de sentido a nada por contigüidad de conceptos y solo alguno por continuidad intuitiva. Por cierto, si alguien capta en lo que escribo algo que se me pase que me lo haga notar, a ver si así acorto el proceso de solidificación de ideas -dicho en el sentido en que no lleva la coña implícita.
Y hablando de exorcitar pensamientos tengo otro, ya puedo decir aquello de "I'll be driving babe" con toda la intención y respetando todos los sentidos de la frase que yo contemplo -los que no tienen que ver con mi persona ni mis posesiones adquiridas no entran, ya que no puedo tener poder sobre terceras personas sobre las que no tengo poder. Y eso, es pechoso, tanto que cuando le miras la delantera se te acelera el pulso. Y a las mujeres también, no sé cómo pero también. Y no hablemos ya de...
Por cierto, de nuevo, "siento" no haber respetado aquello de esperar a acabar los exámenes para evitar contaminar la ecología bloguil -y para recentrarme en el estudio a puñetazos si hiciera falta cada vez que me desvío- y también decorar tanto el "eso, aparca el blog hasta que acabes los exámenes que sino..." o como fuere. Era inevitable, venía ya de tiempo atrás y a ti que tanto te gusta la química, David, no se te pasará por alto que cuando un gas se concentra demasiado en un recipiente que no lo aguanta pueden ocurrir "cosas" -mis conocimientos ya no dan para más.
sábado, 24 de enero de 2009
Conversaciones (Preprincipio: Ideas)
De las conversaciones cortas no se obtiene nada pero en ellas se dice todo rápidamente y de forma directa. De las conversaciones largas no se obtienen declaraciones permanentes sino largas repeticiones de distintos pensamientos, se expresan y se captan con fluidez, una fluidez que varía de días a meses. De las conversaciones rápidas nacen ideas singulares, propias o no, personales, imaginaciones que afianzan sentimientos y sensaciones. Las conversaciones lentas lo dicen todo sin aclarar nada pero dan la seguridad, la entereza de ideas, la solidez a una amistad, se hacen y dicen cosas inútiles, carismáticas y características que no pueden resolverse con un breve resumen. Con el tiempo toda conversación larga queda formada de muchas cortas y toda conversación larga es una de esas cosas inútiles que captan su importancia, porque se repiten.
domingo, 18 de enero de 2009
Diecinueve de Diciembre
Miré a la pantalla del MP3, ya se acababa la novena canción. Eché un vistazo a través de la ventana del tren, por costumbre, a ver si me sonaba el paisaje. Había hecho muchas veces aquel trayecto hasta Madrid; y como reconociendo el lugar por el que paso me hago mejor a la idea de cuánto queda que calculando los minutos. Como mínimo quedaba otra parada antes de llegar a Atocha y justo acabábamos de hacer la antepenúltima. Quedarían poco más de trece minutos.
Perdí la mirada al frente para volver a ensañarme con mis pensamientos, más que atender a aquella décima canción. Reaccioné, me di cuenta de que parecía que miraba de forma demasiado insistente al hombre que tenía delante, luego a la mujer que se sentaba a su lado y preferí mirar al pasillo. Volvía a sumergirme en mis cavilaciones, "qué haría si". Si el hombre de delante se hubiera levantado cabreado a recriminarme que miraba demasiado en su dirección me habría dado igual, a algún sitio tenía que mirar. Y sin embargo, por sentirme incomodado, había mirado hacia donde nadie pudiera recriminarme nada.
Miré hacia un lado una última vez como por instinto, la curiosidad me puede si veo alguna sombra acercarse, normalmente no es más que eso: unos pies pegados a unas piernas que cargan con un cuerpo que pasa de largo y yo me vuelvo a lo mío. La sombra había como desaparecido y así mi vista volvió a descender, apremiándome a pasar del tema incluso tras sospechar que pudieran ser terroristas. La televisión nos sugiere de cada idea que vaya usted a saber cómo podemos creer en nada a estas alturas.
De pronto otra sombra. La busqué, hacia mi derecha, pero al no ver a nadie no persistí. Según el MP3 no habían pasado ni veinte segundos de canción, o escasos treinta y pocos desde que lo mirara la última vez. Mentira, aquella canción había terminado y ya estaba en la siguiente. Algo me rozó el hombro, alguien me daba toquecitos, tardé en sentirlos como una llamada de atención.
Cuando, al mirarla, no oí réplica alguna me quité uno de los cascos. - Perdón, ¿si? - Parecía que me indicara algo, yo seguía pensando que me hablaba y no la oía. Dejé los cascos a un lado y procuré prestarle más atención, esperaba a que me hablara. Señalaba sobre un papel, algo que debía mirar, yo estaba demasiado amodorrado como para enterarme de nada. Una hoja con tres firmas de la cual la chica volvía señalar algo con un boli. Aún convencido de que no la oía volví a mirarla, su insistencia me hizo aceptar que era mona. Quiero decir, la chica era guapa, preciosa, de verdad, pero era su mutismo lo que se denotara por sus gestos.
De nuevo me convenció para que leyese lo que me mostraba, una hoja de recogida de firmas para la construcción de un centro de enseñanza para discapacitados, mudos, creo recordar. O lo imagino. Me señaló el símbolo de la ONCE en la parte superior de la hoja, junto a otros seis o siete, quizá ocho, que si no recuerdo será porque no me decían nada. Estaba demasiado perdido en aquella situación, sin desearlo realmente y por mera amabilidad me dispuse a firmar. Leí un nombre encima de la casilla sobre la que escribía, al igual que en la anterior; y escribí mi nombre. Lo siguiente el DNI, tal como había supuesto; y la firma al lado. Pero la hoja se quedaba corta solo con esas tres casillas. Quedaba una casilla en la que no había reparado, una para cuantificar la donación.
En la última se leía 10€, al igual que en la anterior a esta. En la primera la cantidad era el doble. Calculando servilmente recordé que tenía un billete de diez en el bolsillo, había cogido dinero para comprar unos libros y lo llevaba listo por si llegado el momento fuera necesario pagar algo, para no andar paseando la cartera por la vista de nadie. También tenía uno de cinco y otro de veinte en el otro bolsillo. No había empezado a decidirme cuando ya estaba escribiendo con mala letra; y de nuevo algo me sacó de mi trance. Me había vuelto a dar un toque en el hombro, miré a la chica y la vi besándose los dedos y luego volviendo a tocarme el hombro. Me sonreía, diría que agradecida, con la mirada apagada. En ese momento comprendí que llevaba un rato haciendo aquello de besarse la mano y luego tocarme, como intentando transmitir su agradecimiento. Me sorprendí pensando que el significado que comportaba pudiera entenderse con tal sencillez viniéndole tan extraño el gesto. Saqué el billete sin bajar la mirada del papel y se lo tendí todo junto.
Por un instante me pareció ver una sonrisa más radiante, más verdadera. No solo una sonrisa en la cara, mera mueca, sino toda una reacción corporal. De todos modos mantengo que tuvo algo que ver con que se irguiera para irse al depositarme otro de tan terribles besos, en la frente. Había captado el significado de su representación pero mi corazón español me venía con que si no lo daba directamente no valía nada y yo quería ceder ante la idea. Inmediatamente la razón me cambiaba el discurso, atendiendo a motivos pensé que era demasiado arriesgado, estaba haciendo un trabajo no pidiendo favores a nadie. Y esos diez euros no debían valer tal prodigio.
La conclusión me llevó a que una cara bonita me había timado, en cierto modo. Ya no era una española muda sino una extranjera que no conocía el idioma y solo podía comunicarse por gestos. Creí notar alguna reacción en ella cuando le hablaba, no se fijaba en mí con la mirada. No sé, no me pareció muda ni por un momento. No tenía aspecto de muda; y no es que haya visto muchos mudos en mi vida pero sí entiendo que hay algo característico en su forma de moverse. Por eso mismo no soy capaz de imaginar a una persona muda, de sordo-muda, que se pueda pasear por un tren sin mirar intermitentemente a todos lados poniendo toda su atención. Sola, por más decir. La segunda chica que apareció recogiendo "firmas" dio peso a mi hipótesis, definitivamente extranjera, mucho más directa y entendía mucho peor mis señas.
No sé si debería pesarme reconocer que a aquella segunda chica no le habría donado nada, ni firmado una petición ni... prestado atención. Y no sólo por su actitud demandante. También es que contagiaba un aire distinto, indolente. Incomparables. Nada de la inocencia de la primera chica, de la atención que ponía. Se me ocurrió pensar que la segunda solo pasaba a la repesca, pero lo que no hubiera pescado ya la primera a ella se le iba a escapar seguro. Lo pensaba. Miraba por la ventana, ya estábamos cerca de la penúltima parada.
Vi al grupito de chicas con sus folios de firmas volviendo hacia donde estaba yo, no sé cómo pero salí de mis pensamientos justo cuando aparecían por el vagón; y tenía la música suficientemente alta como para no oír ni sus voces, de haberlas tenido, o para oír sus pasos. Mi teoría de que habrían contratado a chicas guapas para aquello se esfumó, también la del voluntariado, no eran precisamente ogretes pero nada en comparación. La chica que se había llevado mi firma me reconoció, no sé de qué me sorprendí exactamente, me saludó sonriente, me devolvió la mirada al pasar delante de mi y se esfumó tras mirar hacia detrás una última vez.
Al parase el tren pensé que aquella no era la primera vez que me ocurría algo así, que me pidieran firma y donación para alguna causa de aquel tipo estando en el tren, en ese trayecto. Incluso creo que las fechas concordarían pero no estoy muy seguro de haber donado aquella supuesta vez. Me queda pensar que no me hubieran convencido, creo que algo así no se me olvidaría con facilidad.
viernes, 16 de enero de 2009
La Salamanca
Salamanca de noche. De día es bonita. La plaza, el río aquel, sus edificios viejos, su vida. Su ambiente. De noche lo siente, los muros gruesos absorben los ruidos, dejan pasar a la gente que es libre. La humedad impregnada de pulmones, te arrea un guantazo al asomar fuera del bar y poco a poco te expulsa de sus calles. El reloj da la hora, era la hora; y te vas por el medio de la plaza contra el susurro de uno de los arcos.
Es el camino más corto, llegarás tarde. Pero es el camino más corto. Calles, callejuelas y a las aceras por escalón junto al asfalto. Sus ganas de llegar aumentan. El frío sin el calor, sin la calidez de la compañía, es más frío. Tambaleándose imagina las peores cosas y aprieta el paso, ya está más cerca. Llega tarde, no llama por solo dos minutos. Inventa excusas: "había un borracho bailando y gritando a unas chicas y tuve que ir por otro sitio", "me encontré a Sandra y dijo que me iba a acompañar, a y media estuve buscándola pero ya se había ido porque no la encontré, Sandra la que vive en la calle de enfrente, la chica con la que me iba el año pasado, pues esa". Se le pasó poder decir la verdad, sonaba más fácil decir cualquier cosa que decir que había estado bebiendo con sus amigos pero había salido a tiempo.
-¡Alex, a que me acompañas!
-¿Qué dices? - Quizá no la entendió.
-Que está oscuro y no hay nadie. Acompáñame anda, no hago más que oír cosas raras. Un gato casi me ha matado del susto.
-Acompáñame tú, vivo en la otra punta. - Tenía tiempo y andaba frío, también le faltaban ganas.
-Joo Alejandrito. ¿Me harías un favor? - No respondía, ni respondía al tironearle de la manga. - Que vivo ahí al lado.
-Es que tengo prisa, he quedado.
-Amargado, así normal que no ligues nada.
-Adiós.
-Noooo, espera. - Esta vez no libraría su manga tan fácilmente, tenía el brazo. - Lo siento, ¿vale? Es que he bebido un poco y eso.
-En serio tengo prisa. - Si no estuviera allí molestando ya habría llegado a su casa, claro que...
-Acompáñame a mi casa y te dejo en paz, ¿va?.
-"Si tonta no será." - Avanzaba en silencio. - "Pero joder."
-¿Dónde vas tu ahora eh?
-Una... he quedado con unos colegas, ¿por?
-Porque es raro que estés de fiesta.
-¿No puedo? - Notó cómo se agarraba más fuerte de su brazo. -¿Que tienes miedo?
-No tengo miedo. ¡Vamos, muévete ya!
-Te da miedo que no haya luz, reconócelo. ¿Te da miedo no verme? Mira, trae. - Tropezó al subir a la acera. Subió el siguiente escalón un poco mareada.
-¿Qué es esto? Y... dónde... es... ¡Eres un guarro! Déjame o
-Eh, mira lo que es y mira dónde estoy. - Tragó saliva con sensación rara, un tacto extraño en la mano. Blando; y escurría. Un haz de luz iluminaba el torso de Álex a través de la ventana.
-Mañana me lo enseñas que llego tarde.
-Ey, espera, por favor.
-Tenía que estar en casa ya.
-No te puedes ir sin ver esto. Es un momento. Mira por ahí.
-No veo nada. Álex, ¿dónde te has metido? - No sólo no sabía dónde estaba.
-Mira ahora, mira.
-Que jardín más bonito. ¿Esto está cerca de mi casa?
-¿No lo sabías? Claro...
-No soy un friki como tú. ¿Qué le pasa a la ventana?
-A la ventana nada, mírate la mano.
-¿Qué es...? - Lo olió. - ¿Qué es?
-Pis en un frasco.
-Que estoy borracha pero no soy tonta. - De pronto lo veía todo menos al chico. Un jardín precioso, perfecto, acogedor. El cristal por el que lo había visto era un espejo manchado. Manchas marrones, salpicaduras, bajo el cual había más manchas. Por la pared corrían chorreones marrones brillantes que caían a una fuente. - ¿Qué es este sitio? Es acogedor.
-Si. Terminado.
-¿Qué estabas haciendo?
-Una casa. ¿Ves las cejas sobre el suelo? Es la tuya. - Instintivamente se llevó una mano a la frente, a sus cejas perfiladas por las pinzas.
-¿Plantabas flores? Y eso es. Parece. Qué es... esto...
-¿Te gusta? - Preguntó, redundando en la expresión de ella.
-¿Es mi-? - Se miraba incrédula. - ¡Cabeza!
lunes, 12 de enero de 2009
Extracto ficticio I
-Hasta hablando suenas ya como si nos leyeras uno de tus libros.
-Es eso que te decía, me he pasado más de un año escribiendo y reescribiendo cada uno. Tú escríbete cien hojas de "mi tío es un puerco servil, mi tío es un puerco servil" espaciadas en muchos días. Las vas escribiendo rápido para acabar pronto y cada tantas páginas revisas las faltas de ortografía y luego que queden las frases alineadas, letras sobre letras y todo eso. Todos tus "mi tío es un puerco servil" perfectos. Ya verás cómo cuando acabes no ves más que políticos por todas partes.
domingo, 11 de enero de 2009
Historias: "El Yeti"
-"¡Eres un mentecato sudoríparo!". Erasmo. Se tiene que levantar de su pupitre para responder. Cuando os nombre os tenéis que poner en pie. Dime, ¿qué quiere decir el autor con esto? -el profesor volvió a levantar su vista del libro- ¡Erasmo Galán, levántate cuando te diga que te levantes!¡Ahora!.
Todos sus compañeros le miraron mientras se levantaba, ahora sí, como le había indicado el profesor, sin cometer la torpeza de arrastrar la silla.
-Ahora dígame. Póngase recto, no se apoye. Ni en su compañero. Salga a la pizarra, vamos.
Rara vez el profesor le dedicaba tanta atención a uno de sus alumnos y bien contentos que estaban ellos con que así fuera. Si no podían rebelarse al menos podían evitarle y lo procuraban con todas sus ganas. El curso anterior habían aprendido a seguirle la corriente al Yeti.
Don José Manuel volvió a releer las últimas líneas de su libro mientras esperaba que su alumno le diera una respuesta. Le miró inquisitivo, esperando una respuesta que no llegaba. No fallaba una, nunca le prestaba atención el niñito de papá.
-Quiero su respuesta ahora.- estaba apunto de amenazarle cuando le interrumpió.
-No entiendo la pregunta, Profesor Don José Manuel.
-"¡Eres un mentecato sudoríparo!" ¿Qué quiere decir?
-No enti-
-¡¿Qué tiene de difícil la pregunta?! Si no estaba atendiendo dígalo, a ninguno nos sorprenderá. Te pondré otro cero en el trabajo de clase y deberes extra para todos.
-No es eso, Señor Don Profesor José Manuel.-titubeó.
-Profesor o Don José Manuel. Profesor es más corto. ¿Qué pasa ahora?
-"Eres un mentecato sudoríparo" -más de uno tuvo que disimular su sonrisa y alguno incluso evitar carcajearse. Por suerte para ellos el profesor había quedado en semejante shock al oír aquello que por un instante había olvidado lo demás. No es que hubiera apreciado la perfecta interpretación del papel que había hecho su alumno, se había sentido insultado.- Es un insulto, no hace falta que tenga sentido. Por eso no entiendo que pregunte.
-¿No estaba leyendo? Vaya a por su libro. Más rápido. -Cargaba cada orden con la intensidad de su experiencia, con energía aunque lentamente.- Ahora, lea.
-"Pepón cogió a Sarita de la mano para luego ayudarla a bajar del caballo, cogiéndola en brazos y depositándola en el suelo. Al verse en el suelo al fin Sarita puso cara de asco y le dio una bofetada a Pepón tan fuerte que le marcó los dedos. -¡Eres un mentecato sudoríparo! - Pepón, un mozo de cuadras, agachó la cabeza contrari-"
-Es suficiente, le dije que releyera lo último. -No merecía la pena discutir. No merecía la pena discutir, no.- Dígale a la clase qué quiere decir el autor.
-El autor quiere decir que le gustan mucho sus personajes, -de repente un sudor frío le recorrió la espalda. Miró disimuladamente las pastas del libro que sostenía uno de sus compañeros de la primera fila, como si fuera un niño pequeño que mira bajo la cama con valentía esperando no ver ningún monstruo, pero era demasiado mayor para tener esa suerte. "El Romance de Amanda", autor: José Manuel Ártilla Máñez.- creo. -añadió evitando mirar al profesor, intentando que sonara convincente.
-¿Sólo es capaz de ver eso?¿Llevamos más de medio libro leído y no puede decir más del libro que que al autor le gustan sus personajes? Si no me dice algo más concreto le voy a poner un cero.
Erasmo hacía como que leía con avidez los últimos párrafos mientras intentaba recordar algo que no le hiciera meter la pata de nuevo, no iba a parar a preguntarse cómo se podía haber salvado de aquella.
-Eh... Quiere decir... que le gusta inventar insultos.
-Muy bien, tiene un cero. Graciela, salga a la pizarra. Erasmo, a su sitio y preste atención a ver si aprende algo.
Erasmo no perdió tiempo en llegar a su sitio para poder sentarse y hacer ruido con la silla cuando Graciela, que se sentaba junto a él, se levantase. En ese instante ambos cruzaron la mirada para echarse la culpa mutuamente. Graciela con cara de burla y Erasmo con cara de querer guerra.
-Vamos, no tenemos todo el día. Bien, Graciela, ¿qué quiere decir el autor?
La alumna fue a responder al profesor pero este le instó con un gesto a que mirara hacia la clase. Ella se giró sin rechistar aunque no le hiciera gracia.
-El autor quiere decir que la chica.
-Que Sarita... -Graciela evitó dar cuenta del tono en que le corrigió el profesor.
-El autor quiere decir que Sarita aprecia a los hombres por sus músculos y no por su olor.
-Ese no es un comentario digno de una señorita, Señorita Graciela. Seguro que su madre no la ha enseñado a hablar así. -Graciela miró al profesor y después al resto de la clase, ya le daba igual lo que dijeran. Y veía a Erasmo riéndose de ella.
-El autor hace ver que Sarita, al pertenecer a una escala social más alta que la de Pepón tiene derecho a dar su opinión en cualquier momento. Y que siempre se debe aceptar su palabra como absoluta.
-Muy bien, perfecto. Puedes sentarte Graciela. Andrés, sigue leyendo. En pie, vamos.
viernes, 9 de enero de 2009
El efecto de la esperanza
Sonará extraño decir que en los momentos de lucidez cuando estás enfermo, por una gripe sin ir más lejos, es cuando uno puede darse cuenta de esas cosas que nunca alcanza a apreciar tal como son. Procuro pensar a menudo, tanto como mis dudas y mi tiempo me permiten; y sin embargo siempre dependo de los límites que me impongo, me vuelvo demasiado consciente de esos límites. A veces llego al punto de crear unos límites que crean límites, que imponen límites como primera respuesta, incluso antes de empezar a pensar en nada. Por supuesto, esta práctica no me lleva nunca a nada a menos que lo que intente sea analizar.
Pero aún así, siguiendo ese modo de pensar se me escapan tantas cosas (en un desliz casi me bebo el azucarero). Pensar así no suele resultar demasiado emocionante; y hablo de pensar para uno mismo, hablando mentalmente para uno mismo y sin llegar a expresar nada que vaya más allá que sonreír sin que nadie se entere. Y con estas cosas acabo perdiendo el hilo de pensamiento inicial. Escribiendo las cosas que se me ocurren también pierdo ese hilo. Releo y recuerdo constantemente lo que quería poner, sigo sin saber cómo lo haré ya que no estoy personalmente familiarizado con la idea que he tenido. Más aún, tengo que pensar en qué palabras escoger si quiero entenderme yo mismo. Malo será si no me entiendo ni yo. Y tengo que resumir y compactar mis pensamientos a sabiendas de que siempre habrá algo que se escape de entre las palabras escritas y de la complicidad con el lector.
Con todos esos contras en mente no tengo intención de rendirme, la mayoría son fantasmas o ideas que limitan mis límites, muchos de los cuales se resuelven solos a medida que se avanza. Entonces intentas recordarlos y ya no están, como no están izquierdo, centro y derecho. Los desvaríos febriles desaparecen cuando desaparece la fiebre a pesar de que quede la noción de haberse encontrado con ellos. Yo sé que cuando me desperté anoche a las 00:32 am., sin rastro de fiebre, había salvado el mundo y también sé cómo pero no lo diré si me preguntáis.
Por eso, la magia de saber pero no saber, cuando no entraña riesgo, conocer las verdades como parte de las mentiras. Incitar a otros a apreciar lo que uno ve incitando también que ellos te inciten a lo mismo. Probar a no creer tener razón, esperar que alguien sepa acabarte alguna frase tal como lo habrías hecho tú mismo. No pensar que la vida nos llega empaquetada, precintada y solo en un formato de reproducción. Yo sé que olvidaré los delirios, no será lo único que olvide en mis días, igual que alguna vez pensaré que no tengo más salidas que las que se me presentan evidentes; y esto querré obviarlo antes de poder olvidarlo.
Quería haber empezado diciendo y no sé cómo decir que las situaciones pasajeras siempre nos acompañan. Hagamos y vayamos, lo que sea. Deben ser tan importantes como todas las demás. Probar a no poner final a las oraciones acabadas. Pensar al contrario de lo que la lógica personal dicta, así se pasan por alto menos cosas, la vida se vuelve más entretenida.
martes, 6 de enero de 2009
Estudiando a René Descartes (1596-1650)
Para mi exámen de Historia de la Psicología me exigen haber estudiado una serie de textos de filósofos, pensadores y psicólogos, a veces todo a la vez, que han pasado a la historia -por no decir que son famosos. Del estudio de esos textos recomiendan hacer una evaluación personal o crítica; o lo que sea, con tal de que al poner en el exámen un fragmento de alguno de los textos te suene lo suficiente como para poder reconocerlo. No recuerdo exactamente la recomendación por parte del profesorado pero me suena que era así.
Y en eso estaba yo, esforzándome por entender al Señor Descartes. No puedo transcribir el texto, cosa que me gustaría, ya que al comienzo del libraco pone, cito textualmente: "Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del 'Copyright', bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos." Sin embargo sí me atrevo a decir que de título lleva "El alma humana y el animal máquina [1637]". Un título que debería estar muy pasado de moda. Cabe decir que nunca he tragado con su forma de pensar y que, si me he enterado bien, la idea en torno a la cual se desarrolla el texto que estudiaba no es otra que:
'[...] considerando que los mismos pensamientos que tenemos estando despiertos pueden también sobrevenirnos también cuando dormimos, sin que entonces haya ninguno que sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas que hasta entonces habían entrado en mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños.
Pero inmediatamente después advertí que, mientras yo quería pensar así que todo era falso, era preciso necesariamente que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa. Y, reparando en esta verdad: "pienso, luego soy", era tan firme y tan segura que todas las suposiciones más extravagantes de los escépticos no eran capaces de conmoverla, juzgué que podía aceptarla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que buscaba [...]'.
Casi parece el fragmento de una historia de terror. Y partiendo de aquí, mi opinión resumida:
Gilipolleces cartesianas sobre la "res cogitans", el cuerpo-máquina sin aptitudes racionales y la superioridad de la razón que atiende a la lógica casi divina (cuando la suya es de retrasado) aunque sea equivocada. Mientras los animales actúan por efecto de sus órganos y cuando aciertan en sus acciones no se puede considerar acierto, sino más bien hacer justicia a su predisposición. Sin embargo no es más que otra forma de equivocarse. "Pienso luego existo", ¡JARL! Ya podría haberse leído sus argumentos barbáricos empezando por el final. O le metieran un gancho por la garganta a ver si sangrar como un cerdo le parecía divino.
Niños, no intenteis esto solos. No lo hagais sin la supervisión de un tutor formado en la matería. No hagais como yo hasta aquí, esto no ha acabado.
lunes, 5 de enero de 2009
Breve introducción
-Hola juerguero.
-Será juerguista. Hola...
-Sólo vienes de juerga, ¿no?
-Pues hola pensadero.
-¿Qué pasa, no has dormido?
-Te den.
-Entonces ha sido la rubia, jajaja.
-El día que te dignes a currar me lo cuentas.
-Feliz año.
-Feliz año pasado también.
-Esta la has pillado.
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