domingo, 18 de enero de 2009

Diecinueve de Diciembre

Miré a la pantalla del MP3, ya se acababa la novena canción. Eché un vistazo a través de la ventana del tren, por costumbre, a ver si me sonaba el paisaje. Había hecho muchas veces aquel trayecto hasta Madrid; y como reconociendo el lugar por el que paso me hago mejor a la idea de cuánto queda que calculando los minutos. Como mínimo quedaba otra parada antes de llegar a Atocha y justo acabábamos de hacer la antepenúltima. Quedarían poco más de trece minutos. Perdí la mirada al frente para volver a ensañarme con mis pensamientos, más que atender a aquella décima canción. Reaccioné, me di cuenta de que parecía que miraba de forma demasiado insistente al hombre que tenía delante, luego a la mujer que se sentaba a su lado y preferí mirar al pasillo. Volvía a sumergirme en mis cavilaciones, "qué haría si". Si el hombre de delante se hubiera levantado cabreado a recriminarme que miraba demasiado en su dirección me habría dado igual, a algún sitio tenía que mirar. Y sin embargo, por sentirme incomodado, había mirado hacia donde nadie pudiera recriminarme nada. Miré hacia un lado una última vez como por instinto, la curiosidad me puede si veo alguna sombra acercarse, normalmente no es más que eso: unos pies pegados a unas piernas que cargan con un cuerpo que pasa de largo y yo me vuelvo a lo mío. La sombra había como desaparecido y así mi vista volvió a descender, apremiándome a pasar del tema incluso tras sospechar que pudieran ser terroristas. La televisión nos sugiere de cada idea que vaya usted a saber cómo podemos creer en nada a estas alturas. De pronto otra sombra. La busqué, hacia mi derecha, pero al no ver a nadie no persistí. Según el MP3 no habían pasado ni veinte segundos de canción, o escasos treinta y pocos desde que lo mirara la última vez. Mentira, aquella canción había terminado y ya estaba en la siguiente. Algo me rozó el hombro, alguien me daba toquecitos, tardé en sentirlos como una llamada de atención. Cuando, al mirarla, no oí réplica alguna me quité uno de los cascos. - Perdón, ¿si? - Parecía que me indicara algo, yo seguía pensando que me hablaba y no la oía. Dejé los cascos a un lado y procuré prestarle más atención, esperaba a que me hablara. Señalaba sobre un papel, algo que debía mirar, yo estaba demasiado amodorrado como para enterarme de nada. Una hoja con tres firmas de la cual la chica volvía señalar algo con un boli. Aún convencido de que no la oía volví a mirarla, su insistencia me hizo aceptar que era mona. Quiero decir, la chica era guapa, preciosa, de verdad, pero era su mutismo lo que se denotara por sus gestos. De nuevo me convenció para que leyese lo que me mostraba, una hoja de recogida de firmas para la construcción de un centro de enseñanza para discapacitados, mudos, creo recordar. O lo imagino. Me señaló el símbolo de la ONCE en la parte superior de la hoja, junto a otros seis o siete, quizá ocho, que si no recuerdo será porque no me decían nada. Estaba demasiado perdido en aquella situación, sin desearlo realmente y por mera amabilidad me dispuse a firmar. Leí un nombre encima de la casilla sobre la que escribía, al igual que en la anterior; y escribí mi nombre. Lo siguiente el DNI, tal como había supuesto; y la firma al lado. Pero la hoja se quedaba corta solo con esas tres casillas. Quedaba una casilla en la que no había reparado, una para cuantificar la donación. En la última se leía 10€, al igual que en la anterior a esta. En la primera la cantidad era el doble. Calculando servilmente recordé que tenía un billete de diez en el bolsillo, había cogido dinero para comprar unos libros y lo llevaba listo por si llegado el momento fuera necesario pagar algo, para no andar paseando la cartera por la vista de nadie. También tenía uno de cinco y otro de veinte en el otro bolsillo. No había empezado a decidirme cuando ya estaba escribiendo con mala letra; y de nuevo algo me sacó de mi trance. Me había vuelto a dar un toque en el hombro, miré a la chica y la vi besándose los dedos y luego volviendo a tocarme el hombro. Me sonreía, diría que agradecida, con la mirada apagada. En ese momento comprendí que llevaba un rato haciendo aquello de besarse la mano y luego tocarme, como intentando transmitir su agradecimiento. Me sorprendí pensando que el significado que comportaba pudiera entenderse con tal sencillez viniéndole tan extraño el gesto. Saqué el billete sin bajar la mirada del papel y se lo tendí todo junto. Por un instante me pareció ver una sonrisa más radiante, más verdadera. No solo una sonrisa en la cara, mera mueca, sino toda una reacción corporal. De todos modos mantengo que tuvo algo que ver con que se irguiera para irse al depositarme otro de tan terribles besos, en la frente. Había captado el significado de su representación pero mi corazón español me venía con que si no lo daba directamente no valía nada y yo quería ceder ante la idea. Inmediatamente la razón me cambiaba el discurso, atendiendo a motivos pensé que era demasiado arriesgado, estaba haciendo un trabajo no pidiendo favores a nadie. Y esos diez euros no debían valer tal prodigio. La conclusión me llevó a que una cara bonita me había timado, en cierto modo. Ya no era una española muda sino una extranjera que no conocía el idioma y solo podía comunicarse por gestos. Creí notar alguna reacción en ella cuando le hablaba, no se fijaba en mí con la mirada. No sé, no me pareció muda ni por un momento. No tenía aspecto de muda; y no es que haya visto muchos mudos en mi vida pero sí entiendo que hay algo característico en su forma de moverse. Por eso mismo no soy capaz de imaginar a una persona muda, de sordo-muda, que se pueda pasear por un tren sin mirar intermitentemente a todos lados poniendo toda su atención. Sola, por más decir. La segunda chica que apareció recogiendo "firmas" dio peso a mi hipótesis, definitivamente extranjera, mucho más directa y entendía mucho peor mis señas. No sé si debería pesarme reconocer que a aquella segunda chica no le habría donado nada, ni firmado una petición ni... prestado atención. Y no sólo por su actitud demandante. También es que contagiaba un aire distinto, indolente. Incomparables. Nada de la inocencia de la primera chica, de la atención que ponía. Se me ocurrió pensar que la segunda solo pasaba a la repesca, pero lo que no hubiera pescado ya la primera a ella se le iba a escapar seguro. Lo pensaba. Miraba por la ventana, ya estábamos cerca de la penúltima parada. Vi al grupito de chicas con sus folios de firmas volviendo hacia donde estaba yo, no sé cómo pero salí de mis pensamientos justo cuando aparecían por el vagón; y tenía la música suficientemente alta como para no oír ni sus voces, de haberlas tenido, o para oír sus pasos. Mi teoría de que habrían contratado a chicas guapas para aquello se esfumó, también la del voluntariado, no eran precisamente ogretes pero nada en comparación. La chica que se había llevado mi firma me reconoció, no sé de qué me sorprendí exactamente, me saludó sonriente, me devolvió la mirada al pasar delante de mi y se esfumó tras mirar hacia detrás una última vez. Al parase el tren pensé que aquella no era la primera vez que me ocurría algo así, que me pidieran firma y donación para alguna causa de aquel tipo estando en el tren, en ese trayecto. Incluso creo que las fechas concordarían pero no estoy muy seguro de haber donado aquella supuesta vez. Me queda pensar que no me hubieran convencido, creo que algo así no se me olvidaría con facilidad.

2 comentarios:

Alundra dijo...

a mi me paso eso hace poco, pero un señor mayor que tenia sentado ami lado, me dijo que no eran mudas de verad, la chica se mosqueo y se bajo rapido del tren

Eduardo dijo...

Me has matado del tó xDD