martes, 14 de abril de 2009
La obediencia es para los niños
Creo que no es una de esas cosas que se tienen a diario, de ahí que le esté dando esta importancia. Hoy he tenido una experiencia religiosa, por un motivo oscuro (y para que nadie piense añadiré que no ha acabado con llamas).
Hacía tiempo que no pisaba una "casa de dIOS": edificio a rebosar y personaje dando el sermón desde el púlpito. La historia va como sigue, más o menos. El llegar tarde pero menos tarde que la gente que llenaba las hileras de bancos resulta irrelevante, así que me conformo con aclarar de antemano que había mucha gente. Devotos, por así llamarles, luego estaba yo y alguno más habría de la calaña.
Estaba de pie al empezar aquello, justo al lado de la puerta, y del mismo modo al terminar. He prestado atención al hombrecillo aquel que encaraba a todo el mundo en la medida en que la incomodidad de estar en pie me ha permitido -esta juventud sin vigor, ya- y a cada minuto que pasaba la sensación que tenía iba volviéndose más extraña. Pensaba que recordaba que todo el sermón y las lecturas tenían su sentido y que por eso la gente "cree", o al menos es el impulso que les mantiene unidos. Se reúnen en la Iglesia a que un personaje de... no sé qué palabra inventar para calificarles, rango no es. Conocimientos tampoco, ni carisma, ni dotados de otra cosa que un traje cutre. Pongamos "cierto estatus", por respetar su aire de importancia y sabiduría -de necios-. Pues estaba yo escuchando el sermón y las lecturas que hacía el espécimen al que me refiero, cura para los ortodoxos, cuando todas las impresiones que aún recordaba han ido desvaneciéndose una a una. Escuchaba cómo los parroquianos hacían su parte murmurando parrafadas y no cejaba en mi asombro por más que lo veía repetirse. Fascina ver a tantas personas murmurar las mismas palabras casi al unísono sin la dirección de nadie. Y escuchando he encontrado que no le encontraba sentido a lo que decían, algo que en su tiempo también yo murmuré alguna vez. Me siento plenamente consciente de nada. Podría intentar comprenderlo como costumbre perdida, como el reflejo de ver lo que yo digo dicho por otras muchas personas a la vez y que parece que le da una textura "realista", o como búsqueda del factor de la elegancia de lo que siempre es igual pero nunca cansa.
Lo que me ha llevado a cierta cuestión: ¿Las impresiones expiran por fecha de caducidad o porque acaban siendo insostenibles?
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2 comentarios:
digamos que...lees demasiado, y el conocimiento acelera el curso de la no-obediencia
o digamos que cuanto menos relacionadas están las cosas que se aprenden más fácil resulta hacer distinciones
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