domingo, 31 de mayo de 2009
El pasillo estaba desierto y oscuro, inmaculado. Uno pensaría que lo habían limpiado a conciencia de cualquier tipo de suciedad, solo quedaba una persona. Caminaba por el centro jugueteando con una llave, la tenía atada a un cordel y la daba vueltas haciéndola silbar. La única sombra que le acompañaba era el sonido de sus tacones y el de la llave. Pasos firmes y prietos. Ejercía aquella presión en el ambiente que nadie podía presenciar. La reverberación sobre el cemento se apagaba de inmediato y entonces había un vacío que hacía que el corazón brincase con el siguiente paso. Tac, tac, tac, tac, tac, uno después del otro, deseando que nunca se parase.
El pasillo estaba desierto y oscuro, inmaculado. Uno pensaría que lo habían limpiado a conciencia de cualquier tipo de suciedad, solo quedaba una persona. Como si se deslizase por el centro, apenas rozando el aire, con el cordel de la llave entre los dientes. Avanzaba confiada en sus destrezas, sin dejar sombra ni rastro en aquella profunda oscuridad. Y aún así ejercía aquella presión en el ambiente que nadie podía presenciar. No se oía ni la más leve respiración en tan profundo silencio, la de nadie, tan solo el tic-tac del reloj acercándose.
El pasillo estaba desierto y oscuro, inmaculado. Uno pensaría que lo habían limpiado a conciencia de cualquier tipo de suciedad, solo quedaba una persona que lo estaba ensuciando con todo lo que tenía a su alcance. Cuanto más lo manchaba más limpio parecía, también tenía la llave atada al cordel. Avanzaba sin moverse de su lugar, yendo cada vez más lejos pero sin llegar. Y aún así ejercía aquella presión en el ambiente que nadie podía presenciar. La oscuridad ocultaba al oído su respiración, le negaba sus ojos negros. Pronto empezaría a caminar con pasos libres, pero firmes, más allá de aquel pasillo. Porque tenía la llave dentro.
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