martes, 13 de julio de 2010
Los autobuses están sobrevalorados
No hacía más que bostezar. No sólo por estar sentado en el autobus esperando a que llegara a su parada, ya había llegado bostezando al autobus. Se estaba mirando en el reflejo de la ventana. Entre el calor que hacía y el calor que desprendía el resto de pasajeros se estaba asfixiando en la parte trasera del autobus.
Exageraba pensando que aquello estaba lleno de gente, habría entre 10 y 15 personas más. Lo que sí resultaba problemático y hasta molesto era que anduvieran jadeando y mirando a las ventanas cerradas. Aquello le agobiaba, él mismo miraba a la ventana. Aunque lo hacía por mirarse a sí mismo pero sin estar viendo nada en realidad, andaba inmerso en sus pesadillas particulares y echando de menos el ventilador.
De haberse quedado hasta las tantas trabajando en el ordenador a que su hermana pequeña le despertara a las 9 de la mañana, llamándole para recordarle que le tenía que devolver su super mega cámara de fotos profesional y que tenía que ser antes de que se fuera a clase. Si lo hubiera sabido se habría acostado antes para haberse levantado despejado y poder haber ido en bicileta, que aunque hiciera un calor de morirse al menos le daría un poco el aire. La cámara y demás artilujios que la acompañaban estaban metidos en su bolsa, dentro de otra bolsa que iba dentro de la mochila de Yuuta, puesta sobre sus piernas desde el momento en que a la ancianita le dio por sentarse a su lado.
Dada su estatura había pocos asientos en los transportes públicos que acogieran a sus piernas de forma medianamente cómoda, a no ser que pretendiera dejarse las piernas en algún otro asiento. Las rodillas, al menos. Y la buena señora había tenido la buena voluntad de querer sentarse nada más subir al autobus, en los asientos más cercanos a la puerta trasera y con la compra delante de sus cortas piernas. Embutiendo sin miramientos, pero con educación -eso sí- a quien había estado sentado ahí antes.
Cuando el autobus paró Yuuta se levantó y sin demasiado miramiento pasó por encima de la señora, con cuidado de no rozarla ni prestar atención a sus quejas, para librarse de aquel embotellamiento pertinaz. Se quedó de pie, donde vio un hueco y de nuevo volvió al ensimismamiento de mirar por la ventana. Resaltando por su estatura más de lo que pudieran resaltar el resto de pasajeros por sus pintas.
Y aun le quedaban unas cuantas paradas.
Etiquetas:
Diseño de personaje,
Ficción,
historia,
Notas de un Bypass
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario